Obscenidades, perogrulladas y otros pensamientos absurdos para vivir feliz: «Reflexiones del hombre lengua»

A carcajada limpia. Así recibió y despidió el Teatro Filarmónica a El Sevilla el viernes 29 de abril. Llegó a Oviedo con sus Reflexiones del hombre lengua, un espectáculo en solitario con el que cautivó a un público que se dejó impregnar, desde las butacas, de buenas dosis de sabiduría intrascendente y revolucionaria.

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Por Silvia Chamizo Blanco

Todo comenzó a las 12:41 del día de su comunión, cuando su propio primo le frustró un ansiado empacho de dónuts gestando un trauma que, sin embargo, se convertiría años más tarde en fuente de sabiduría disparatada e inútil. Y como todo saber que se precie, por intrascendente que parezca, debe darse a conocer, con las Reflexiones del hombre lengua pretende El Sevilla, ataviado con túnica de seda sobre un escenario desnudo sobre el que pasea con soltura, instruir a su público en el cotidiano arte de la felicidad. Cual gran pensador helénico a sus discípulos.

Reír o no reír, esa es la cuestión. Miguel Ángel Rodríguez habló de Aristóteles, de Sócrates y Platón; pero también de Shakespeare y de Cervantes. Hora y media de comedia dialogada, de una personal y divertidísima interpretación de la Filosofía y la Filología en la que tuvieron cabida anécdotas, groserías, mofas, lecciones matemáticas, juegos de palabras, pecados capitales, trabalenguas, pensamientos absurdos e incluso una apología del insulto «de buen rollo», que escenificó proponiéndose a sí mismo como destinatario de escarnios e improperios diversos.

 

 

Un show  muy bien montado: una entrada a lo estrella del rock que, sin embargo, da paso a un personaje de estética totalmente opuesta; una ambientación musical tenue, clásica, tranquila, seria, que contrasta con lo disparatado de la mayéutica; una interpretación muy trabajada que, al mismo tiempo, deja espacio para la improvisación; una escenografía casi inexistente en la que, no obstante, aparecen y desaparecen perros, chuletones, endivias, ranas, lagartijas, personajes ilustres y hasta lápidas y ataúdes con tanta nitidez como si no fueran únicamente producto de nuestra imaginación.

El vocalista de los Mojinos Escozíos se mostró mordaz e irreverente, pícaro y obsceno, en una de las mejores versiones de sí mismo. Fue un entregado maestro, orgulloso de ver cómo sus alumnos alcanzan el nivel de conocimiento deseado y llegan a sus propias conclusiones. Ya quisiéramos los filólogos (incluso quienes no levantamos la mano para responderle), haber tenido un profe de Filosofía del lenguaje de su calibre.

Seguro que nunca fue tan aplaudida la teoría aristotélica de la felicidad. Y después de todo, ¡váyanse ustedes a tomar vientos!