«El padre», o cómo reír de pena ante lo inevitable

El viernes 22 de abril se estrenó con gran éxito en el Teatro Palacio Valdés de Avilés El padre, una farsa trágica dirigida por José Carlos Plaza. Una producción de Pentación Espectáculos protagonizada por Héctor Alterio, con Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes y María González.

La obra emocionó a un público entusiasmado con la representación de este peculiar quijote y su lucha contra los molinos de lo cotidiano. Al finalizar la función el teatro se deshizo en aplausos.

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Imagen promocional de «El padre»
Imagen promocional de «El padre»

«Si pierdo la memoria, qué pureza»

Pere Gimferrer

Por Silvia Chamizo Blanco

Otro sería, seguro, el contexto al que se refería el poeta en este verso. No obstante, ha venido a mi cabeza, irremediablemente, en el trascurso de la representación, al tiempo que conceptos como el miedo o la angustia, asociados justamente a la demencia, discurrían paralelos .

Léase aquí pureza como se lee viaje a la libertad, al juego. Léase pureza como se lee extraordinario y vital. Léase pureza como se lee ingenio, insistencia, desconcierto, impulsividad.

Porque Andrés se desprende de la realidad, se pierde en el laberinto de su memoria entre espejos curvos que distorsionan su reflejo y callejones sin salida. Vemos cómo su personalidad se rompe en pedazos, sin remedio y con impotencia. Le vemos reivindicando su valía ( ¡Soy capaz de valerme por mí mismo! Siempre he tenido buena memoria), bucear en el paraíso de la desmemoria (yo fui bailarín de claqué, mi hija me llamaba papaíto) y soterrar con olvido el dolor (hace un par de meses que no la veo).

El protagonista presiente algo extraño (Hay algo que no va bien. ¡No va bien!) y, sin embargo, a pesar del desazón de los familiares y el suyo propio en momentos de lucidez, a ratos sabe ser feliz, desdibujar la realidad,  restar importancia y dejarse guiar por los impulsos.

Sabemos de sobra que esta enfermedad despiadada e injusta conquista rápido, que avanza devastando la integridad mental y física de quien la sufre. Empatizamos con el vértigo, la perplejidad, la fatiga e incluso el hastío de los familiares. Pero en El padre, el público observa la realidad desde la perspectiva del enfermo. Y quizá esa sea la clave del éxito, que la obra nos pone en el lugar del anciano que se va deteriorando y que, sin embargo, no es consciente.

Ciertos toques de humor ácido arrancan la risa de las butacas, por las réplicas mordaces de un personaje no sujeto ya a los convencionalismos ni a la cortesía y por la argumentación pueril en determinadas ocasiones (Abre los ojos, por el amor de Dios. ¡En Londres no para de llover!). Se relaja así la dureza de una trama que no puede sino despertar la compasión.

Resulta difícil, si no imposible, caracterizar a los personajes. ¿Una hija abrumada? ¿Un yerno cabreado? ¿Una enfermera condescendiente? Juzgue el espectador por sí mismo si está viendo lo que es o lo que podría ser.

Y es que el espectáculo refleja el proceso que vive el padre en su particular entorno. Los efectos sonoros y visuales, los replays, los cambios de rostros inciden en la incoherencia, en el desorden mental del pobre Andrés. Las certezas se encienden y se apagan; el tiempo avanza, se detiene, se repite; la realidad se desdibuja como la escenografía, la emoción embriaga al público hasta la conmovedora escena final.

Magistral interpretación de Héctor Alterio, apoyada con acierto en la confusión que consiguió provocar el resto del reparto: Ana Labordeta, Luis Rallo, Miguel Hermoso, Zaira Montes y María González fueron secundarios imprescindibles para la expresividad y emotividad de la farsa. Supieron arropar esa fragilidad descarada del principal y elevarla a lo sublime. Sincronizados, cómplices. La interminable ovación de un teatro a rebosar no dejaba dudas de su imponencia.

Salgo de la función sintiendo que reír de pena es tan balsámico como llorar de risa. Y me llevo unas ganas enormes de abrazar al entrañable Alterio, compungido e indefenso, que encarna el destino que podría depararle al padre, al abuelo, al hermano de cualquiera de nosotros.

Parecía que los aplausos no se iban a acabar nunca. No fuera a ser que se le olvidasen.

Reparto

Héctor Alterio
Ana Labordeta
Luis Rallo
Miguel Hermoso
Zaira Montes
María González

Equipo artístico y técnico

Dirección: José Carlos Plaza
Dramaturgia: Florian Zeller
Adaptación: José Carlos Plaza
Música: Mariano Díaz
Escenografía: Francisco Leal
Iluminación: Toño Camacho
Diseño de vestuario: Juan Sebastián Domínguez